Hoy en día, todo aquel que halla contraído matrimonio eclesiástico, sabrá qué son las Arras, o al menos las habrá tenido unos segundos entre las manos. En el mejor de los casos, su destino final suele ser escondidas en algún rincón del armario.
Para quien no conozca el término, decir que se trata de unas monedas utilizadas durante la ceremonia del matrimonio. Los novios se hacen entrega mutua como símbolo de los bienes que van a compartir.
Originalmente designaban el donativo que entregaba el novio a su prometida como señal de que cumpliría su promesa de casarse con ella.
De esta manera, la novia se quedaba con todo si no llegaba a realizarse el matrimonio, sin embargo, en caso de muerte prematura del novio, si en algún momento de su vida llegó a besar a la novia, sus herederos podían recuperar la mitad del dinero. Por el contrario, si una vez roto el compromiso, no se volvieron a tocar, en caso de muerte del novio, sus herederos podían reclamar el importe total entregado en concepto de Arras.
Con posterioridad, en las ceremonias eclesiásticas se mandaba bendecir 12 monedas de oro o plata (símbolo de universalidad), a las que hay que añadir 1 más (trece en total) de metal ordinario, simbolizando así que son indivisibles.
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