Bartolomé de Carranza protagonizó muy a su pesar uno de los procesos inquisitoriales más largos e importantes del siglo XVI. Es su juicio no solo se cuestionaba su capacidad como prelado de la Iglesia, además se decidía el modelo religioso que se imponía en España.
Carranza nació en el año 1503 en Navarra, estudió en Alcalá de Henares y entró en la orden de los Dominicos. Su formación teológica fue de las mejores que podían conseguirse en su época, estudiando en Valladolid, Salamanca y Roma. Así, entró a formar parte del círculo próximo a la corona, siendo uno de los religiosos favoritos dl rey Felipe II.
En esa época, la corriente erasmista estaba muy presente en la vida religiosa española. Recordemos que Erasmo planteaba una religión de carácter abierto, humanista y con ideas conciliadoras, incluso cercanas a los postulados reformados de Lutero.
Esta corriente era todavía influyente en España a la muerte del Emperador Carlos V, su principal valedor. Su hijo Felipe, conservada ese espíritu próximo al norte de Europa, donde había vivido y de donde provenía su familia.
Carranza estaba muy cercano al erasmismo por lo que fue extraño que Felipe II quisiera darle un alto cargo en la Iglesia. Finalmente le fue entregado el Arzobispado de Toledo, la mitra primada de España, es decir, el máximo representante de la Iglesia católica en España.
Ocupó su cargo durante casi un año, realizando una labor ejemplar, donde el diálogo era una parte fundamental, sin embargo, durante un viaje pastoral a una diócesis alejada, fue apresado por la Inquisición.
La causa de su detención fue que su nombre salió a relucir en los interrogatorios de los luteranos de Valladolid. En aquellos años, se descubrió un grupo de clara inspiración reformada en Valladolid y en Sevilla, lo que provocó un endurecimiento en las posturas oficiales, incluido en el rey. Se terminó así la tolerancia, pensando que se había sobrepasado el máximo permitido, por lo que los enemigos de Carranza se lanzaron sobre él en cuento tuvieron la más mínima oportunidad.
Para su desgracia, uno de sus máximo enemigos era el inquisidor general Fernando Valdés, que se encargó personalmente del asunto. Por suerte, al ser arzobispo no podía ser juzgado por la inquisición española, solo podía serlo por el Papa. Así comenzó un larguísimo proceso, con varias etapas y en varios lugares.
Finalmente, tras 17 años de juicio, fue declarado casi inocente. El “casi” se debe a que se le consideró “sospechoso de herejía” pero eso solo le obligaba a renunciar temporalmente de su cargo. Sin embargo tan solo pudo disfrutar su libertad dos semanas, pues a causa de su avanzada edad moría. Era el año 1576.
La religión erasmista moría con él, desde entonces, las posturas se radicalizaron y se optó por una lucha frontal y sin fisuras contra Luteranos, Anglicanos y Calvinistas.